La lluvia no se detiene, cae en torrente o delicada. No tiene un punto medio. Es como mis lágrimas que a veces, son una riada que arrastra el lodo de mis tripas y con ellas la esencia de cada día. Otras veces, es agua clara que desemboca en mis labios para ser mi alimento. De esta guisa pasan los primeros meses de este año de siniestras sombras.
Abril no ha llegado frio. Pero en Madrid, la humedad se siente en los huesos. O quizá sea que mis lágrimas los estén erosionando como a los corales el mar. Hoy tampoco ha salido el sol. La casa sigue a oscuras a media tarde. Trato de evadirme con la petición de mi amiga, aunque se que lo hizo para ensordecerme un rato el chirrido amargo de mis neuronas emitiendo cortocircuito al desconectarse y dejándome en el bucle del que no salgo.
Quizá mañana.
Desde la orilla del mar, me llegan otras peticiones y otros impulsos. Quieren abanderarme con postulaciones que no me apetecen presentar. Se que no solo es para animarme. Se que allá, necesitan a quien fui. Necesitan de esa fuerza que me ha abandonado sin que se den cuenta de ello. Y yo se, que si obtuviese el cargo, al poco tiempo dimitiría.
O quizá no.
Quizá cuando la lluvia pase y mi lagrimar seque... quizá entonces necesite un resorte que me impulse hacia delante. Hoy no se nada.
Quizá mañana.

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