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Para rescatar el futuro

En ocasiones, sucede que no entiendo cómo es posible que de repente, involucionemos como humanos.

"De repente" o quizá no tanto. Quizá ha sido algo tan de a poco a poco, que cuando me he querido dar cuenta de ello, la sociedad actual no me gusta.

Y, si no me gusta el declive humano actual, he de suponer que mucho menos me va a gustar cómo seamos en las décadas siguientes.

Decía un conocido mío, que en realidad, este pensamiento que suele nublarme no es algo nuevo ni mucho menos único, que antes que nosotros, era muy común escucharlo en nuestros padres y abuelos. Venía a decir que es una enfermedad que surge con la edad y que a las personas que rozamos los 70, siempre les ha preocupado los cambios sociales que vivían sus herederos, tan diferente todo a lo experimentado cuando uno es niño o joven o incluso adulto, que impulsa abiertamente a decir: "Esta sociedad no me gusta porque se han perdido todos los valores transversales y el civismo".

Si, esta afirmación puedo firmarla donde se me solicite porque para mí es una gran certeza. Puedo enumerar incansablemente, la cantidad de cosas que no me gustan de la sociedad actual y siempre comenzaría diciendo la falta de empatía y solidaridad humana y, por supuesto, la individualización del yo más egocéntrico e ignorante.

En mi opinión, detecto tres ejes importantes en los que nos vamos perdiendo como humanos y en los que deberíamos reflexionar sin demora:

1. La trampa de los cuidados: cuando cuidar dejó de importar. ¿Qué son los cuidados? Es tan sencillo como mirar al otro, atenderle, acompañarle cuando enferma, escucharle cuando sufre o sostener la vida cotidiana. Durante generaciones, este trabajo invisible ha recaído casi en exclusiva sobre los hombros de las mujeres, a quienes se nos relegó a una dependencia económica y afectiva bajo la excusa de que "nos nacía natural". Hoy, en la sociedad de la prisa y la hiperproducción, cuidar se ve como una pérdida de tiempo o una debilidad. El sistema ha decidido mercantilizarlo: externalizamos a los mayores en residencias frías, compramos tiempo de atención y convertimos la vulnerabilidad en un negocio. En este tablero, el vecino ya no es alguien a quien saludar o echar una mano; es un competidor que nos estorba en la acera o un recurso que solo nos importa si nos puede aportar algo.

2. La estafa de la hiperconexión: más pantallas, menos humanidad. Nos han vendido que llevar un teléfono inteligente en el bolsillo nos acerca al mundo, pero la realidad es justo la contraria: nos aísla en una burbuja de individualismo. Este aislamiento no es casualidad; es el modelo perfecto para el consumo. Si miras a las redes sociales, verás que nos bombardean constantemente con lo que supuestamente necesitamos para encajar: cremas milagrosas, dietas imposibles, batidos purificadores, medicamentos para la ansiedad o cirugías que prometen la eterna juventud. El cuerpo —especialmente el de las mujeres— se ha convertido en una mercancía. Nos han vaciado de humanidad para transformarnos en meros avatares cuyo único propósito en la pantalla es consumir y ser consumidos.

3. La ternura radical: nuestra única tabla de salvación. Frente a esta máquina de picar carne que es la sociedad actual, ¿qué nos queda? Nos queda lo que los poderosos temen por encima de todo: la ternura radical. No hablo de una bondad naíf o de postal, sino de recuperar la empatía y la solidaridad como un acto de rebeldía política. A los políticos y a las grandes estructuras de poder no les interesa que nos miremos a los ojos, que nos apoyemos o que compartamos los dolores. Les conviene gente aislada, asustada y egoísta. Por eso, elegir cuidar al otro, tender la mano sin esperar nada a cambio y defender la dignidad humana frente a la crueldad del sistema es hoy la herramienta política más subversiva y poderosa que tenemos a nuestro alcance.

Al mirar el mundo desde la experiencia de mis años no deseo caer, ni hacer caer a nadie, en la nostalgia fácil ni en el reproche gratuito hacia los que vienen detrás -si hay que reprochar a alguien, sería justo hacerlo a nosotros mismos como responsables de la pérdida de valores y a este paso, de derechos sociales y humanos-. Es, sencillamente, tener la perspectiva suficiente para ver el rumbo que estamos tomando:  Arrastrados por un sistema que prefiere individuos aislados antes que comunidades vivas, que valora más lo que producimos y consumimos que lo que sentimos y compartimos.

Pero negarse a aceptar esta deriva inhumana no es una opción; es una urgencia vital. 

Frente al egoísmo que nos imponen y a la fría soledad de las pantallas, la verdadera revolución ya no consiste en grandes proclamas, sino en volver a lo elemental. 

Defender los cuidados

Mirar a los ojos al vecino

Tejer redes de apoyo 

Practicar la ternura radical. 

Alzar la voz desde la empatía es, hoy más que nunca, el acto más subversivo y humano que nos queda para rescatar el futuro.




Comentarios

  1. Me parece una gran reflexión.
    Habría que ahondar y buscar la raíz de todo esta falta de humanidad y de empatía y cortarla con todas nuestras ganas. En nuestra mano está hacer algo contra todo lo que planteas. Somos muchos y muchas, seguro l@s que pensamos como tú. Pequeños gestos entre much@s! Vamos a por ello!

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